El doble
El doble El señor Goliadkin empezó con felicitaciones y buenos deseos. Las felicitaciones pasaron bien, pero en los buenos deseos nuestro héroe se cortó. Sentía que, si se cortaba, todo se iría enseguida al diablo. Y así sucedió: se cortó y se trabó… Se trabó y enrojeció, enrojeció y se extravió, se extravió y levantó los ojos, levantó los ojos y miró alrededor, miró alrededor y… y quedó pasmado… Todo estaba inmóvil, todo callaba, todo aguardaba; un poco más lejos se oyó un susurro; un poco más cerca se oyeron carcajadas. El señor Goliadkin dirigió una mirada sumisa y desesperada a Andréi Filíppovich. Este le respondió con una mirada tal que, si nuestro héroe no estuviera ya total y completamente aniquilado, hubiera sin falta caído aniquilado una vez más, si acaso fuera posible. El silencio se prolongaba.
–Esto tiene más que ver con asuntos domésticos y con mi vida privada, Andréi Filíppovich –dijo con voz apenas audible el moribundo señor Goliadkin–. No es un lance oficial, Andréi Filíppovich…
–¡Avergüéncese, señor mío, avergüéncese! –dijo Andréi Filíppovich en un susurro, con una inenarrable mueca de indignación. Tras decir eso, tomó de la mano a Klara Olsúfievna y dio la espalda al señor Goliadkin…