El doble

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–No tengo por qué avergonzarme, Andréi Filíppovich –respondió el señor Goliadkin también en un susurro, mirando desesperadamente a su alrededor, azorado e intentando hallar su propio ambiente y estatus social en medio de esa perpleja multitud–. ¡Vamos, no es nada! ¡No es nada, señores! A ver, ¿qué tiene de malo? Vamos, a cualquiera puede pasarle –susurró el señor Goliadkin, desplazándose un poco de su sitio e intentando zafarse de la multitud que lo rodeaba. Le abrieron camino. Nuestro héroe pasó a duras penas entre dos filas de espectadores curiosos y perplejos. La fatalidad lo arrastraba. El propio señor Goliadkin sentía que era la fatalidad la que lo arrastraba. Por supuesto, habría dado cualquier cosa por poder hallarse ahora, sin perjuicio del decoro, en su estancia anterior, en el zaguán, junto a la escalera de servicio; pero dado que esto era decididamente imposible, se puso a buscar la forma de escabullirse en algún rincón y quedarse allí tranquilito, con modestia, decoro, aparte, sin tocar a nadie, sin llamar la atención, pero, a la vez, ganándose la benevolencia de los invitados y del anfitrión. Por lo demás, el señor Goliadkin sentía como si el suelo se abriera bajo sus pies, como si tambaleara y cayera. Por último, llegó hasta un rinconcito y se quedó allí como un observador ajeno, bastante indiferente, apoyando las manos en los respaldos de dos sillas, sujetándolas como si tomara posesión de ellas e intentando en lo posible mirar con animación a todos los invitados de Olsufi Ivánovich que se agrupaban a su alrededor. Quien estaba más cerca de él era un oficial, un muchacho alto y guapo ante el cual el señor Goliadkin se sentía un verdadero insecto–. Estas dos sillas, teniente, están reservadas: una para Klara Olsúfievna y otra para la princesa Chevchejánova, que está aquí bailando; se las estoy guardando, teniente –dijo ahogándose el señor Goliadkin, con una mirada implorante al señor teniente. Este, silencioso y con una sonrisa asesina, se apartó. Habiendo fracasado en un sitio, nuestro héroe quiso probar suerte en algún otro y, para ello, fue derecho hacia un consejero con una cruz importante en el cuello. Pero el consejero lo midió con una mirada tan gélida que el señor Goliadkin sintió claramente que derramaban sobre él un balde entero de agua fría. El señor Goliadkin se calmó. Decidió que lo mejor era callar, no hablar, mostrar que era un hombre hecho y derecho, igual a los demás, y que su situación, según su parecer al menos, era también decorosa. Con ese fin clavó la vista en las bocamangas de su uniforme, después levantó los ojos y los fijó en un señor de apariencia muy venerable. «Ese señor lleva peluca –pensó el señor Goliadkin–. Si se la quitara se vería una cabeza desnuda, punto por punto como la palma de mi mano.» Tras tan importante descubrimiento, recordó los emires árabes, a los cuales, si se les quita el turbante verde que llevan en señal de parentesco con el profeta Mahoma, también les queda una cabeza desnuda y calva. Luego, tal vez siguiendo una singular concatenación de ideas relativas a los turcos en su cabeza, el señor Goliadkin llegó hasta las babuchas turcas, y allí recordó de paso que Andréi Filíppovich llevaba botas más parecidas a babuchas que a botas. Podía advertirse que el señor Goliadkin se iba acostumbrando poco a poco a su situación. «Si ahora esa araña –le vino a la cabeza–, si ahora esa araña se desprendiera y cayera sobre los invitados, yo me arrojaría de inmediato a salvar a Klara Olsúfievna, y después de salvarla le diría: “No se preocupe, señora mía, no ha sido nada, yo soy su salvador”. Después…» Ahí el señor Goliadkin volvió los ojos hacia un lado, buscando a Klara Olsúfievna, y vio a Guerásimich, el viejo ayuda de cámara de Olsufi Ivánovich. Guerásimich, con el más solícito, el más oficial y solemne de los aspectos avanzaba directo hacia él. El señor Goliadkin se estremeció y frunció el ceño presa de una sensación indefinida y, a la vez, muy desagradable. Miró maquinalmente a un lado y a otro; se le ocurrió que habría algún medio sencillo, al alcance de la mano, de escabullirse de costado y en silencio de su desgracia; irse así sin más y esfumarse, es decir, actuar como si tal cosa, como si no tuviera nada que ver en el asunto. Sin embargo, antes de que nuestro héroe tuviera tiempo de decidirse a cualquier acción, Guerásimich ya estaba delante de él–. Vea, Guerásimich –dijo nuestro héroe, con una sonrisita–. ¿Sabe qué? Usted vea y comuníquelo. Mire allí: la vela del candelabro, Guerásimich, está por caerse, así que ¿sabe usted?, mande que la enderecen; en verdad está por caerse, Guerásimich…


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