El doble

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Fue un momento triunfal. El señor Goliadkin sentía que el efecto producido era el adecuado. Estaba de pie, mirando sumiso el suelo y aguardando el abrazo de Olsufi Ivánovich. Entre los invitados se percibía la agitación y la perplejidad. Hasta el inexorable y terrible Guerásimich tropezó al decir: «Lo dudo, señor»… De repente, la despiadada orquesta, de buenas a primeras, estalló en una polca. Todo estaba perdido, todo se lo había llevado el viento. El señor Goliadkin se estremeció, Guerásimich retrocedió, todos los que estaban en la sala empezaron a agitarse como el mar, Vladímir Semiónovich voló a toda prisa con Klara Olsúfievna, encabezando la danza, seguido por el bello teniente y la Chevchejánova. Los espectadores se apiñaban con curiosidad y entusiasmo para ver a los que bailaban la polca, una danza interesante, nueva y de moda que volvía loco a todo el mundo. El señor Goliadkin fue momentáneamente olvidado. Pero, de pronto, todo se alteró, se confundió, se conmocionó; la música cesó… Un extraño suceso había ocurrido. Klara Olsúfievna, extenuada por la danza y casi sin aliento de cansancio, con las mejillas encendidas y el pecho profundamente agitado, se desplomó al fin, agotada, en un sillón. Todos los corazones se volvieron hacia la encantadora hechicera, todos luchaban por ser el primero en felicitarla y agradecerle el placer que procuraba, cuando, de pronto, apareció delante de ella el señor Goliadkin. El señor Goliadkin estaba pálido y desencajado; parecía que él también estaba extenuado; apenas se movía. Por algún motivo sonreía y tendió una mano implorante. Klara Olsúfievna, asombrada, no tuvo tiempo de retirar la suya y, maquinalmente, se levantó ante la invitación del señor Goliadkin. Este se tambaleó hacia delante, primero una vez, luego otra; luego levantó un piececito, luego como que lo arrastró, luego como que pataleó, luego como que tropezó… Klara Olsúfievna lanzó un grito. Todos se lanzaron a liberar su mano de la del señor Goliadkin, y, en el acto, nuestro héroe fue empujado por la multitud a casi diez metros de distancia. En torno a él también se formó un círculo. Se oyeron el chillido y el grito de dos viejas a las que el señor Goliadkin casi derriba en su retirada. La turbación era terrible; todos preguntaban, todos gritaban, todos discutían. La orquesta calló. Nuestro héroe se revolvía en su círculo y maquinalmente, sonriendo a medias, balbuceaba entre dientes: «Pero ¿por qué no? Si una polca, según mi parecer al menos, es una danza nueva y muy interesante creada para el regocijo de las damas… Pero bueno, si las cosas son así, entonces consiento en no bailarla». Pero el consentimiento del señor Goliadkin, por lo visto, no era requerido por nadie. Nuestro héroe sintió de pronto que una mano caía sobre la suya, que otra se apoyaba ligeramente sobre su espalda y que con especial solicitud lo apartaban hacia un lado. Por último, advirtió que iba directo hacia las puertas. El señor Goliadkin quiso decir algo, hacer algo… Pero no, ya no quería nada. Solo reía maquinalmente. Por último, sintió que le echaban encima el capote y le encasquetaban el sombrero hasta los ojos; que, por último, estaba en el zaguán, en la oscuridad y en el frío, y, por último, en la escalera. Por último, tropezó y creyó caer a un abismo; quiso gritar y de pronto apareció en el patio. El aire fresco sopló sobre él y por un segundo se detuvo; en ese mismo instante llegaron hasta él los sonidos de la orquesta, que nuevamente atronaba. El señor Goliadkin de pronto lo recordó todo; parecía que todas las fuerzas que lo habían abandonado ahora regresaban a él. Se arrancó del sitio en el que hasta entonces parecía clavado y echó a correr hacia delante, a cualquier parte, al aire libre, a la libertad, a donde lo llevara el viento…


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