El doble
El doble En todas las torres de Petersburgo que marcan y dan las horas sonaron las doce de la noche cuando el señor Goliadkin, fuera de sí, corría en dirección al muelle del río Fontanka, cerca del puente Izmáilovski, para ponerse a salvo de los enemigos, de las persecuciones, de la lluvia de afrentas que caía sobre él, del grito de las viejas alarmadas, de los «¡oh!» y los «¡ah!» de las mujeres y de las miradas asesinas de Andréi Filíppovich. El señor Goliadkin había sido aniquilado, aniquilado por completo, en el cabal sentido de la palabra, y, si en ese momento conservaba la capacidad de correr, se debía únicamente a un milagro, a un milagro en el que él mismo, en última instancia, se negaba a creer. La noche era horrible, una noche de noviembre, húmeda, nebulosa, con lluvia, nieve, preñada de fluxiones, resfriados, fiebres, anginas, calenturas de todos los tipos y especies posibles, en una palabra, de todas las dádivas de un noviembre petersburgués. El viento aullaba en las calles desiertas, levantando las aguas negras del Fontanka por encima de las argollas de amarre y sacudiendo provocativamente los magros faroles del muelle, los cuales, a su vez, acompañaban su aullido con un chirrido agudo y penetrante, conformando ese concierto infinito, chillón y tintineante tan conocido por los habitantes de Petersburgo. Llovía y nevaba al mismo tiempo. Las ráfagas de lluvia desgarradas por el viento caían casi horizontalmente, como disparadas por una manguera de incendio, y picaban y punzaban el rostro del desdichado señor Goliadkin como si fueran alfileres y agujas. En el silencio nocturno, interrumpido tan solo por el lejano rumor de los coches, el aullido del viento y el chirrido de los faroles, se oía el lúgubre crepitar y el murmullo del agua que caía de todos los tejados, porches, canaletas y cornisas sobre las aceras de granito. No había un alma por ninguna parte, y parecía que no podía haberla a esas horas y con ese tiempo. Así pues, únicamente el señor Goliadkin, a solas con su desesperación, trotaba entonces por la acera del Fontanka con su pasito habitual, corto y ligero, dándose prisa por llegar cuanto antes a su calle Shestilávochnaia, a su tercer piso, a su casa.