El doble

El doble

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Aunque la nieve, la lluvia y todo aquello para lo que ni siquiera hay nombre cuando en el cielo de Petersburgo se desata la borrasca y se cierne la tempestad atacaron de pronto y a la vez al ya de por sí desdichado señor Goliadkin, sin clemencia ni tregua alguna, calándolo hasta los huesos, azotándole los ojos, sacudiéndolo por todas partes, sacándolo del camino y del poco tino que le quedaba, aunque todo se abatió de una vez sobre el señor Goliadkin, como habiéndose confabulado y conspirado contra él para dar el toque final a un diita, una tardecita y una nochecita de maravillas, a pesar de todo el señor Goliadkin era casi insensible a esa última prueba de su adversa fortuna: ¡tanto lo había conmovido y afectado todo lo que le había sucedido unos minutos antes en casa del señor consejero de Estado Berendéiev! Si ahora un observador ajeno y desinteresado mirara sin más, de refilón, el paso angustiado del señor Goliadkin, se vería atravesado en el acto por todo el espantoso horror de su desgracia, y sin falta diría que el señor Goliadkin tenía el aspecto de alguien que quiere esconderse de sí mismo, de alguien que quiere huir de sí mismo. ¡Sí! Así era en efecto. Diremos más: el señor Goliadkin no solo deseaba ahora huir de sí mismo, sino incluso aniquilarse, no ser, reducirse a cenizas. En ese momento no prestaba atención a nada de lo que lo rodeaba, no entendía nada de lo que a su alrededor pasaba, y miraba como si para él no existieran en realidad ni las contrariedades de una noche horrible, ni el largo camino, ni la lluvia, ni la nieve, ni el viento, ni todo ese clima hostil. El chanclo que se le desprendió de la bota derecha quedó allí en el barro y la nieve, sobre la acera del Fontanka, y el señor Goliadkin no pensó siquiera en volver por él, ya que ni siquiera había reparado en la pérdida. Iba tan desconcertado que varias veces, de pronto, a despecho de todo cuanto lo rodeaba, atravesado por la conciencia de su reciente y terrible caída, se detenía y se quedaba inmóvil como un poste en medio de la acera; en ese momento se sentía morir, desaparecer; después, de repente, se movía como enloquecido y corría, corría sin mirar atrás, como poniéndose a salvo de una persecución, de una desgracia aún más terrible… ¡En verdad, su situación era terrible!… Por último, ya extenuado, el señor Goliadkin se detuvo, se apoyó contra la baranda del muelle adoptando la pose de un hombre al que de pronto, del modo más inesperado, le empieza a salir sangre de la nariz, y por unos instantes estuvo mirando fijamente el agua negra del Fontanka. No se sabe cuánto tiempo exactamente pasó en esa contemplación. Solo se sabe que en ese momento del señor Goliadkin se apoderó tal desesperación, se sentía tan deshecho, tan agotado, tan abrumado, tan privado del poco ánimo que ya de por sí le quedaba, que se olvidó de todo, del puente Izmáilovski, de la calle Shestilávochnaia, de su situación actual… Y ¿qué, después de todo? Si todo le daba lo mismo: el asunto estaba consumado, terminado, la decisión refrendada y firmada. ¿Qué le importaba a él?… De pronto… de pronto se estremeció con todo el cuerpo y sin querer saltó dos pasos hacia un lado. Presa de una inexplicable inquietud empezó a mirar a un lado y a otro, pero no había nadie ni ocurría nada de particular. Y, sin embargo… sin embargo le pareció que alguien, en ese mismo instante, estaba allí junto a él, a su lado, también acodado sobre la baranda del muelle, y que –¡cosa extraña!– incluso le había dicho algo, algo rápido, entrecortado, no del todo inteligible, pero que le atañía muy de cerca, algo relacionado con él. «¿Qué es esto? ¿Me lo habré imaginado? –dijo el señor Goliadkin volviendo a mirar en torno suyo–. Pero ¿dónde estoy?… ¡Ay, ay!», concluyó agachando la cabeza. Sin embargo, imbuido de un sentimiento de inquietud, de angustia, hasta de miedo, empezó a escrutar la turbia y húmeda lejanía, aguzando al máximo la vista y haciendo un máximo esfuerzo por atravesar con su mirada miope todo el ambiente cubierto de agua que se extendía ante él. No obstante, no había nada nuevo; nada de particular saltó a la vista del señor Goliadkin. Parecía que todo estaba en orden, como debe ser, es decir, la nieve se abatía con más fuerza, en copos más grandes y densos; a veinte pasos no se distinguía nada; los faroles chirriaban más penetrantemente que antes, y el viento parecía entonar su canción en tono más lastimoso y plañidero, como mendigo fastidioso que implora una moneda para comer. «¡Ay, ay! ¿Qué es lo que me pasa?», repitió una vez más el señor Goliadkin, poniéndose otra vez en camino y siempre espiando por todas partes. Entretanto, una nueva sensación se apoderó de todo su ser: una mezcla de angustia y pavor… Un temblor febril surcó sus nervios. ¡Era un momento insoportablemente penoso! «Vamos, no es nada –dijo para darse ánimo–. Vamos, no es nada. Puede que todo esto no sea nada ni mancille el honor de nadie. Puede que así debiera ocurrir –continuó sin comprender lo que decía–, puede que todo esto se arregle a su debido tiempo y ya no haya de qué quejarse y haya una justificación para todo el mundo.» Diciendo así y aliviando su pesar con palabras, el señor Goliadkin dio un ligero respingo, se sacudió los copos de nieve que habían formado una espesa capa sobre el sombrero, el cuello, el capote, la corbata, las botas y todo él, pero el extraño sentimiento, la extraña y sombría angustia no podía apartarla o arrojarla de sí. A lo lejos se oyó el disparo de un cañón. «¡Qué tiempecito! –pensó nuestro héroe–. ¡Escucha! ¿Habrá inundación? Por lo visto el agua ha subido demasiado.» En cuanto dijo o pensó eso, el señor Goliadkin vio a un transeúnte que venía a su encuentro, quizá, al igual que él, también retrasado por algún motivo. Al parecer, era un asunto insignificante, fortuito, pero, sin saber por qué, el señor Goliadkin se turbó y hasta se acobardó. Quedó algo aturdido. No era que temiera encontrarse con un sujeto peligroso, pero, de todas formas, en una de esas… «¡Quién sabe lo que será este rezagado! –le cruzó por la cabeza–. Bien puede ser lo principal, bien puede ser lo más importante del asunto y que no ande aquí en vano, sino con la intención de cortarme el camino y provocarme.» Sin embargo, puede que el señor Goliadkin no pensara eso exactamente, sino que apenas sintiera por un instante algo semejante y muy desagradable. Por lo demás, no había tiempo para pensar y percibir; el transeúnte ya estaba a dos pasos. Enseguida, el señor Goliadkin, siguiendo su inveterada costumbre, se apresuró a adoptar un aspecto muy especial, un aspecto que daba a entender que él, Goliadkin, era un hombre hecho y derecho, que no tenía problema alguno, que el camino es lo suficientemente amplio para todos, y que él, Goliadkin, no se metía con nadie. De pronto se detuvo como clavado al suelo, como golpeado por un rayo, y rápidamente se volvió en pos del transeúnte que acababa de pasar junto a él; se volvió como si le hubieran dado un tirón por detrás, como si el viento lo hubiera girado como una veleta. El transeúnte desaparecía rápidamente entre los torbellinos de nieve. También caminaba apresurado, también, al igual que el señor Goliadkin, iba vestido y arropado de pies a cabeza, y también, al igual que él, avanzaba por la acera del Fontanka a pasitrote, dando pasitos cortos y rápidos, con un ligero balanceo. «¿Qué… qué es esto?», susurró el señor Goliadkin con incrédula sonrisa, pero temblando, sin embargo, con todo el cuerpo. Un escalofrío le corrió por la espalda. Entretanto, el transeúnte había desaparecido por completo, ya ni sus pasos se oían, pero el señor Goliadkin seguía mirando por donde se había ido. Al fin recobró poco a poco sus sentidos. «Pero ¿qué es esto? –pensó enfadado–. ¿Qué es esto? ¿Acaso de verdad me he vuelto loco?» Giró y siguió su camino, acelerando y apretando más y más el paso, intentando mejor no pensar en nada. Hasta cerró los ojos con ese fin. De pronto, a través del aullido del viento y el fragor de la tempestad, llegó otra vez a sus oídos el ruido de pasos cercanos. Se estremeció y abrió los ojos. Otra vez ante él, a veinte pasos, emergió la negra silueta de un hombre que iba a su encuentro. Caminaba rápido, deprisa, apretando el paso; la distancia entre ellos se reducía. El señor Goliadkin pudo ahora examinar de pies a cabeza a su nuevo compañero rezagado; lo examinó y lanzó un grito de asombro y horror; las piernas le flaquearon. Era el mismo transeúnte ya familiar, el mismo junto al cual había pasado diez minutos antes y que, de pronto, de manera totalmente inesperada, reaparecía ante él. Pero no fue solo ese prodigio lo que pasmó al señor Goliadkin; se quedó tan pasmado que se detuvo, lanzó un grito, quiso decir algo y se lanzó en persecución del desconocido; incluso le gritó algo, seguramente deseando detenerlo cuanto antes. El desconocido se detuvo, en efecto, a unos diez pasos del señor Goliadkin, de suerte que la luz de un farol cercano caía sobre toda su figura; se detuvo, se volvió hacia el señor Goliadkin y con aspecto impaciente y preocupado aguardó las palabras de este. «Disculpe, quizá me he equivocado», dijo con voz trémula nuestro héroe. El desconocido se volvió en silencio, enfadado, y siguió raudo su camino como queriendo recuperar los dos segundos perdidos con el señor Goliadkin. En lo que respecta a este, todos los nervios le temblaban, las rodillas se le doblaban, le flaqueaban. Soltó un gemido y se sentó en un guardacantón. Por cierto, había sobrados motivos para su turbación. Resulta que el desconocido le pareció ahora de algún modo familiar. Eso todavía no sería nada. El asunto es que lo había reconocido, había reconocido casi del todo a ese hombre. Lo había visto con frecuencia, lo había visto alguna vez, incluso no hacía mucho tiempo. Pero ¿dónde había sido? ¿El día anterior? Por lo demás, lo principal, otra vez, no era que el señor Goliadkin lo hubiera visto con frecuencia; no había en ese hombre casi nada de singular, nada que llamara especial atención a simple vista. Era un hombre como los demás, un hombre, desde luego, decente como todos los hombres decentes, y puede incluso que tuviera algunas cualidades bastante notables. En una palabra: un hombre hecho y derecho. El señor Goliadkin no sentía ni odio, ni hostilidad ni, siquiera, la más ligera animadversión hacia ese hombre; más bien parecía lo contrario; sin embargo (y en esa circunstancia residía lo principal), sin embargo, no le habría gustado encontrarse con él por ningún tesoro del mundo, y en particular encontrarse con él como acababa de suceder ahora, por ejemplo. Más aún: el señor Goliadkin conocía cabalmente a ese hombre, sabía cómo se llamaba y cuál era su apellido. Y, sin embargo, por ningún precio, otra vez lo decimos, por ningún tesoro del mundo habría querido pronunciar su nombre, avenirse a confesar que sí, que tal era su nombre, tal su patronímico y tal su apellido. Si la perplejidad del señor Goliadkin se prolongó por mucho o poco tiempo, si estuvo sentado un buen rato en el guardacantón, no puedo decirlo, pero, al fin, recobró algo sus sentidos y, de repente, se lanzó a correr con todas sus fuerzas sin mirar atrás; la respiración se le cortaba; tropezó dos veces, casi cayó, y de este modo quedó huérfana la otra bota del señor Goliadkin, también abandonada por su chanclo. Al fin, acortó un poquito el paso para cobrar aliento, miró deprisa a un lado y a otro y vio que, sin advertirlo, había recorrido ya todo su camino a lo largo del Fontanka, cruzado el puente Ánichkov, seguido una parte de la Nevski y, ahora, estaba en la esquina de la Litéinaia. El señor Goliadkin tomó esta avenida. Su situación, en ese instante, semejaba la de un hombre que se halla al borde de un terrible despeñadero cuando la tierra se desmorona bajo sus pies, tiembla, se mueve, trepida por última vez, se hunde y lo arrastra al abismo, mientras el desgraciado no tiene ni fuerzas ni firmeza de ánimo para saltar hacia atrás, para apartar los ojos del vacío que se lo traga; el abismo lo lleva y él mismo acaba por saltar en él, acelerando el momento de su perdición. El señor Goliadkin lo sabía, lo sentía y estaba completamente seguro de que el camino le deparaba sin falta algo funesto, de que otra desgracia se abatiría sobre él, de que, por ejemplo, volvería a encontrar a su desconocido; pero, cosa extraña, él mismo ya deseaba ese encuentro, lo consideraba inevitable, y solo pedía que todo acabara cuanto antes, que su situación se resolviera de un modo u otro, pero cuanto antes. Entretanto, corría y corría como movido por una fuerza ajena, ya que en todo su ser sentía debilidad y entumecimiento; no podía pensar en nada, aunque sus ideas, como la zarza, se agarraban a todo. Entendió finalmente que se perdía por completo, que caía en un abismo. Un perrito extraviado, todo mojado y transido de frío, se pegó al señor Goliadkin y empezó a correr junto a él, de lado, deprisa, con el rabo y las orejas bajas, echándole de tanto en tanto una mirada tímida y despierta. Una idea lejana, ya olvidada desde hacía mucho –el recuerdo de una circunstancia ocurrida antaño–, acudió ahora a su memoria, golpeaba como con un martillito su cabeza, lo disgustaba y no lo dejaba en paz. «¡Ay, qué perrito detestable!», murmuró, sin comprender él mismo lo que decía. Por fin, vio a su desconocido en la esquina de la calle Italiánskaia. Solo que ahora el desconocido ya no caminaba a su encuentro, sino en el mismo sentido, y corría, también, varios pasos delante de él. Al fin tomaron la calle Shestilávochnaia. Al señor Goliadkin se le cortó la respiración. El desconocido se detuvo sin más ante el mismo edificio en el que vivía el señor Goliadkin. Se oyó el tintineo de una campanilla y, casi al mismo tiempo, el chirrido del pestillo de hierro. El postigo se abrió, el desconocido se agachó, se escurrió y desapareció. Casi en el mismo instante llegó el señor Goliadkin, y como flecha entró por el postigo. Sin escuchar al portero, que refunfuñaba algo, entró corriendo al patio, sofocándose, y enseguida vio a su interesante compañero de viaje, al que había perdido por unos segundos. El desconocido apareció en la entrada de la escalera que conducía al piso del señor Goliadkin, quien se lanzó en su persecución. La escalera era oscura, húmeda y sucia. En todos los descansillos había acumulados montones de trastos de los inquilinos, de modo que toda persona extraña, ajena al edificio, que daba con esa escalera cuando estaba oscura, se veía obligada a viajar por ella una media hora, arriesgándose a romperse las piernas y maldiciendo, además de la escalera, a sus conocidos que habían ido a vivir a un sitio tan incómodo. Pero el compañero de ruta del señor Goliadkin parecía estar familiarizado, ser uno de allí; subía ágilmente, sin dificultad y con un conocimiento cabal del terreno. El señor Goliadkin casi lo alcanzó; incluso en dos o tres oportunidades el faldón del capote del desconocido le dio en la nariz. El corazón apenas le latía. El misterioso hombre se detuvo justo delante de la puerta del piso del señor Goliadkin, llamó a la puerta y (cosa que, por lo demás, hubiera sorprendido en otra ocasión al señor Goliadkin) Petrushka, como si hubiera estado esperando sin acostarse, abrió de inmediato y marchó en pos del recién llegado con una vela en sus manos. El héroe de nuestro relato irrumpió en su vivienda fuera de sí; sin quitarse el capote y el sombrero, atravesó el pasillito y, como alcanzado por un rayo, se detuvo en el umbral de su habitación. Todos los presentimientos del señor Goliadkin quedaron plenamente confirmados. Todo lo que temía y adivinaba se había vuelto ahora realidad. La respiración se le cortó, la cabeza le dio vueltas. El desconocido estaba sentado allí delante de él, en su propia cama, también con el capote y el sombrero puestos, esbozando una ligera sonrisa, y, con el ceño algo fruncido, le hizo un amistoso saludo con la cabeza. El señor Goliadkin quiso gritar, pero no pudo; quiso protestar de algún modo, pero las fuerzas lo traicionaron. Se le erizó el cabello y, exánime de horror, se desplomó. Y tenía motivos, por cierto. El señor Goliadkin había al fin reconocido cabalmente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo, el propio señor Goliadkin, otro señor Goliadkin, pero completamente igual a él, en suma, lo que se llama un doble en todo el sentido de la palabra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


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