El doble
El doble A las ocho en punto del día siguiente el señor Goliadkin despertó en su cama. En el acto, todos los sucesos extraordinarios de la víspera, toda la inverosímil y salvaje noche con sus aventuras casi imposibles acudieron a su imaginación y memoria de una sola vez, de golpe, en toda su espantosa plenitud. La encarnizada e infernal maldad de sus enemigos, y, en particular, la prueba más reciente de esa maldad, helaron el corazón del señor Goliadkin. Pero a la vez todo había sido tan extraño, incomprensible y salvaje, resultaba tan inverosímil que, en efecto, era difícil darle crédito; el señor Goliadkin estaba incluso dispuesto a considerarlo un vano delirio, un momentáneo trastorno de la imaginación, un ofuscamiento de la razón, si por fortuna no supiera, por su amarga experiencia de la vida, a lo que puede llegar a veces el hombre en su maldad, a lo que puede llegar a veces el ensañamiento del enemigo que quiere vengar su honor y amor propio. Además, los miembros molidos del señor Goliadkin, su cabeza embotada, su cintura deshecha y su maligno resfriado eran un fiel testimonio a favor de la cabal verosimilitud de su paseo nocturno, y en parte también de todo lo ocurrido durante este. Por último, el señor Goliadkin sabía ya desde hacía mucho que algo se traían entre manos, que algo malo estaban pergeñando, que tenían a alguien más. Era claro e indudable que todo aquello no había sido un sueño ni un delirio. Aunque, después de todo, ¿qué? Tras meditarlo bien, el señor Goliadkin decidió callar, resignarse y no quejarse hasta el momento oportuno. Por su parte, estaba firmemente convencido de la certeza del asunto; lo único que no sabía era de dónde iba a venir el golpe. «¡Dios sabrá! –pensó–. Aunque, bien mirado, ¿quién sabe? Puede que no sea en realidad nada. Puede que solo hayan querido asustarme, y en cuanto vean que no me importa, que no me quejo y me resigno por completo, que llevo con resignación mi vergüenza y aflicción, retrocederán, ellos mismos retrocederán, serán ellos los primeros en retroceder. Quizá, ¿quién sabe?, quizá me deseen el bien. ¡Ya pasará! Tal vez estoy atacando a buena gente.» Así reflexionaba el señor Goliadkin sobre su situación, y decidió en cualquier caso esperar pacíficamente las consecuencias, y con el tiempo, después, cuando, por ejemplo, el peligro lo amenazara ya demasiado, ir quizá a ver a su excelencia.