El doble
El doble Tales eran los pensamientos que poblaban la cabeza del señor Goliadkin cuando este, desperezándose en la cama y estirando sus molidos miembros, aguardaba la, esta vez, habitual aparición de Petrushka en su habitación. Llevaba ya un cuarto de hora aguardando; oÃa que el perezoso Petrushka iba y venÃa tras el tabique con el samovar; sin embargo, no se decidÃa a llamarlo. Más aún: el señor Goliadkin incluso tenÃa cierto temor en ese momento de una confrontación con Petrushka. «Dios sabrá –pensó–, Dios sabrá cómo considerará todo el asunto este embustero, cómo juzgará el asunto a su manera. Está ahà calladito, calladito, pero algo debe estar barruntando en su cabeza.» El señor Goliadkin incluso albergaba la secreta y remota sospecha de que, acaso, era ese el lugar donde habÃa que buscar la clave, la resolución del enigma. Por último, la puerta crujió y apareció Petrushka con una bandeja en las manos. El señor Goliadkin lo miró tÃmidamente de reojo, aguardando con impaciencia a ver qué pasaba, aguardando a ver si decÃa algo por fin respecto al consabido episodio. Pero Petrushka no dijo nada, sino que, al contrario, estaba más taciturno, severo y enfurruñado de lo habitual; miraba todo de lado y con el ceño fruncido; era visible que estaba muy descontento por algún motivo; ni siquiera dirigió una mirada a su señor, lo que, dicho sea de paso, zahirió un poco al señor Goliadkin; dejó sobre la mesa todo lo que habÃa traÃdo, se volvió y regresó a su cuchitril sin decir palabra. «¡Lo sabe, lo sabe, lo sabe todo el bribón! –gruñó el señor Goliadkin mientras se disponÃa a beber el té–. TendrÃa que interrogarlo bien, sonsacarle algo, comenzar por algo lejano, delicadamente, obligarlo a que se vaya de lengua. Es testarudo el granuja… DeberÃa encararlo con amabilidad. Primero lisonjearlo asà y asá, y después empezar a interrogarlo.» Sin embargo, nuestro héroe no hizo pregunta alguna a su criado, por más que Petrushka entrara luego varias veces a su habitación por diversos menesteres. El señor Goliadkin se hallaba en un estado de extrema agitación. «Ojalá todo se resuelva pronto –pensó–. Que sea lo que deba ser, pero ojalá todo este enredo se resuelva pronto.» Lo aterraba tener que ir a la oficina. TenÃa el fuerte presentimiento de que justamente allà algo malo le sucederÃa. «Si vas, seguro que te encuentras con algo –pensó–. ¿No será mejor aguantar un poco ahora? ¿No será mejor esperar un poco? En cuanto a ellos, que se las arreglen como puedan. Yo hoy esperaré aquÃ, reuniré fuerzas, me repondré, reflexionaré mejor sobre todo el asunto; después aprovecharé el momento oportuno y apareceré de golpe y porrazo como si tal cosa.» Reflexionando asÃ, el señor Goliadkin fumaba pipa tras pipa; el tiempo volaba; ya eran casi las nueve y media. «Ya son las nueve y media –pensó–. Es tarde para presentarme. Y, además, estoy enfermo, desde luego que estoy enfermo, sin duda que estoy enfermo. ¿Quién se atreverá a negarlo? Y ¿a mà qué me importa? Que manden a cerciorarse, ¡que venga el inspector! ¿A mà qué me importa en realidad? Me duele la espalda, tengo tos, estoy resfriado; y, por último, no puedo ir, no puedo de ninguna manera salir con este tiempo; puedo enfermarme y después quizá morirme; con la mortalidad que hay actualmente…» Con tales razonamientos, el señor Goliadkin acabó por tranquilizar del todo su conciencia y se justificó de antemano ante la reprimenda que esperaba de Andréi FilÃppovich por descuidar el servicio. En general, en todas las situaciones semejantes nuestro héroe sentÃa un especial gusto en justificarse a sus propios ojos con diversos razonamientos irrefutables y tranquilizar asà plenamente su conciencia. Asà pues, habiendo ahora tranquilizado plenamente su conciencia, tomó la pipa, la llenó y, apenas le hubo dado la primera chupada, saltó a toda prisa del sofá, arrojó la pipa, se lavó prontamente, se afeitó, se alisó el pelo, se puso el uniforme y todo lo demás, tomó unos papeles y salió volando hacia la oficina.