El doble

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El señor Goliadkin entró en su oficina tímidamente, en trémula expectación de que pasaría algo en extremo funesto, expectación inconsciente, vaga, pero no por ello menos desagradable; tímidamente se sentó en el lugar de siempre junto al jefe de despacho, Antón Antónovich Sétochkin. Sin levantar la vista, sin distraerse con nada, se sumió en los papeles que tenía delante. Resolvió y se dio palabra de mantenerse en lo posible al margen de todo lo que pudiera atraer la atención, de todo lo que pudiera involucrarlo directamente, fueran preguntas indiscretas, bromas o alusiones indecorosas a lo sucedido la noche anterior; resolvió incluso abstenerse de las habituales cortesías con los compañeros, es decir, preguntar por la salud, etc. Por lo demás, el señor Goliadkin sabía y comprendía claramente que sus asuntos marchaban mal y que la partida estaba perdida. Por eso una honda e interna inquietud no lo abandonaba ni un solo momento, hundiendo sus venenosas raíces más y más profundamente en su alma y extendiéndose más y más, de modo que, por más que luchara, no podía en modo alguno adoptar su aspecto habitual de trabajo, es decir, dejar de preocuparse por todo lo accesorio y, agachado como corresponde, sin levantar la cabeza del escritorio, pasar serenamente la pluma por el papel unas cinco horas o más. Era evidente que no podía seguir así, que eso era imposible. La inquietud y el desconocimiento de una cosa que le concerniera de cerca siempre lo habían atormentado más que la cosa misma. Y por eso, a pesar de haberse dado palabra de no meterse en nada de lo que sucediera y de mantenerse al margen de todo lo que ocurriera, el señor Goliadkin de tanto en tanto, a hurtadillas, con disimulo, levantaba la cabeza y miraba furtivamente hacia ambos lados, a derecha e izquierda, espiaba los rostros de sus compañeros e intentaba inferir por ellos si no había algo nuevo y particular que estuviera relacionado con él y que, con fines nada honrados, se le ocultara. Sospechaba la existencia de un vínculo inequívoco entre lo que había acontecido la noche anterior y todo lo que ahora lo rodeaba, intentaba mentalmente desenredar todos los nudos de sus dudas, desentrañar, descifrar toda la intriga y todas las distintas artimañas que lo rodeaban. Finalmente, presa de la angustia, empezó a desear que todo se resolviera cuanto antes, de cualquier modo, aunque fuese con una desgracia, ¡no importaba!, pero que fuera cuanto antes. Fue ahí que el destino se abatió sobre el señor Goliadkin: no bien hubo expresado su deseo cuando sus dudas quedaron disipadas, y del modo más extraño e inesperado.


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