El doble
El doble «Pero ¿cómo es esto? –pensó el señor Goliadkin–. ¡Vaya juego tenemos aquÃ! Vaya vientecito que empezó a soplar… Nada mal. Asà que el asunto toma el cariz más agradable. ¡Una maravilla, eso es! –dijo para sà nuestro héroe, frotándose las manos y sin sentir, de la alegrÃa, la silla en la que estaba sentado–. ¡Conque asà es! Asà que nuestro asunto es de lo más corriente. Asà que todo son tonterÃas y al final no pasa nada. En efecto, nadie dice nada; ni chistan los bandidos, están sentaditos y cada uno a lo suyo. ¡Qué bien, qué bien! Me gustan las buenas personas, siempre me han gustado y siempre estoy dispuesto a respetarlas… Aunque, qué sé yo, si uno lo piensa bien, ese Antón Antónovich… da miedo fiarse de él: tiene demasiadas canas y está un poco tocado por la vejez. Pero lo más formidable e importante del asunto es que su excelencia no ha dicho nada y lo ha dejado pasar. ¡Eso está bien! ¡Lo apruebo! Solo está ese Andréi FilÃppovich, ¿a qué vienen sus risitas? ¿A él qué le va en esto? ¡Viejo zorro! Siempre se mete en mi camino, siempre intentando cruzarse en el camino de los demás como un gato negro, siempre atravesándose y fastidiando, fastidiando y atravesándose…»