El doble
El doble El señor Goliadkin volvió a mirar a un lado y a otro y otra vez renació en él la esperanza. Sin embargo, sentÃa que un pensamiento vago, un pensamiento nefasto perturbaba su alma. Incluso se le ocurrió la idea de granjearse la simpatÃa de los empleados, de tomar la delantera por medio de astucias (por ejemplo, al salir de la oficina o acercándose a ellos con la excusa de algún asunto) y en medio de la conversación hacer una alusión asà y asá, señores, vaya que el parecido es chocante, es algo extraño, una farsa, es decir, reÃrse él mismo de todo y sondear asà la gravedad del peligro. Después de todo, ¡en rÃo quedo no metas tu dedo!, concluyó mentalmente nuestro héroe. Por lo demás, no fueron más que pensamientos; el señor Goliadkin recapacitó a tiempo. Comprendió que eso serÃa ir demasiado lejos. «¡Qué naturaleza la tuya! –dijo para sÃ, dándose un golpecito en la frente–. ¡Ya piensas en jugar y te alegras! ¡Qué cándida es tu alma! No, mejor tengamos paciencia, Iákov Petróvich, esperemos y tengamos paciencia.» Sin embargo, y como ya hemos mencionado, el señor Goliadkin renació lleno de esperanzas, como si hubiera resucitado de entre los muertos. «¡Qué bien! –pensó–. ¡Es como si me hubieran quitado una tonelada de encima! ¡Vaya un asunto! El cofrecito se abrÃa con solo levantar la tapa, como dice la fábula de Krilov. Krilov tiene razón, Krilov tiene razón… ¡Qué ojo tenÃa ese zorro de Krilov, y qué gran fabulista! En cuanto a ese, pues que trabaje, que trabaje y aproveche siempre que no moleste ni se meta con nadie; que trabaje, ¡estoy de acuerdo y lo apruebo!»