El doble
El doble Mientras tanto las horas pasaban, volaban, y sin que nadie se percatara de ello dieron las cuatro. La oficina se cerró; Andréi FilÃppovich tomó su sombrero y, como es costumbre, todos siguieron su ejemplo. El señor Goliadkin se demoró un poquito, el tiempo necesario, y salió a propósito más tarde que los demás, el último, cuando ya todos se habÃan dispersado en diferentes direcciones. Al salir a la calle se sintió como en el paraÃso, al punto que tuvo ganas de dar un rodeo y pasear por la Nevski. «¡Vaya destino! –dijo nuestro héroe–. Qué giro inesperado ha tomado el asunto. Hasta el tiempecito se ha despejado; hay helada y salen los trineos. La helada sienta bien al ruso. ¡Qué bien se lleva el ruso con la helada! Amo al ruso. Y hay nievecita, nieve en polvo, como dirÃa un cazador. ¡Qué bonito serÃa cazar liebres con la primera nieve! ¡Ah! ¡Bueno, qué más da!»