El doble

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–Usted… permítame que le pregunte, ¿a qué debo el honor…?

–Conociendo su magnanimidad y virtudes –lo interrumpió, deprisa pero con voz apocada, el invitado, levantándose de la silla–, conociendo sus virtudes, me he atrevido a acudir a usted para pedirle su… amistad y protección… –concluyó, expresándose con visible dificultad y escogiendo palabras ni tan lisonjeras u obsequiosas que comprometieran su amor propio ni tampoco tan osadas que denunciaran una indecorosa pretensión de igualdad. En general podía decirse que el invitado del señor Goliadkin se conducía como un mendigo de origen noble, con un frac remendado y un documento en el bolsillo que acreditaba su noble cuna, y que no había aprendido aún a tender la mano como corresponde.

–Usted me desconcierta –respondió el señor Goliadkin, paseando la mirada sobre sí mismo, las paredes y su invitado–. ¿En qué podría yo…? O sea, en fin, ¿de qué manera exactamente podría yo serle útil?





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