El doble
El doble –¿Mandará servir comida para dos? –dijo con negligencia y voz algo ronca.
–No… no sé… usted… sÃ, hermano, sirve comida para dos.
Petrushka salió. El señor Goliadkin echó una mirada a su invitado. Este estaba rojo hasta las orejas. El señor Goliadkin era un buen hombre, y por ello, en virtud de su bondad de alma, formuló enseguida una teorÃa: «Pobre hombre –pensó–. Ha sido apenas su primer dÃa en el trabajo; seguramente ha sufrido en el pasado; quizá todo lo que posea sea esa ropita decente y no tenga qué comer. ¡Vaya, qué aspecto agobiado tiene! Bueno, da igual; eso en parte es mejor»…
–Discúlpeme por… –comenzó el señor Goliadkin–. Aunque, permÃtame saber cómo debo llamarlo.
–Yo… yo soy… Iákov Petróvich –dijo casi en un susurro su invitado, como con escrúpulos y avergonzado, como pidiendo perdón por llamarse también Iákov Petróvich.
–¡Iákov Petróvich! –repitió nuestro héroe, sin poder ocultar su turbación.
–SÃ, señor, asà es… Soy tocayo suyo –respondió el humilde invitado del señor Goliadkin, atreviéndose a sonreÃr y decir algo jocoso. Pero enseguida, al advertir que su anfitrión no estaba para bromitas, recapacitó y adoptó un aspecto muy serio y, por cierto, algo confuso.