El doble
El doble Llegaron al tercer y al cuarto vaso de ponche, y entonces el señor Goliadkin empezó a experimentar dos sensaciones: una, que era extraordinariamente feliz; otra, que no podía mantenerse en pie y se tambaleaba. El visitante, desde luego, fue invitado a pasar la noche. La cama fue hecha al desgaire con dos filas de sillas. El señor Goliadkin menor expresó que, bajo un techo amigo, hasta el suelo resulta mullido; que, por su parte, se dormiría en cualquier sitio, con humildad y gratitud; que ahora se sentía en el paraíso y que, por último, en su vida había sufrido muchas desgracias y penas, había visto y sobrellevado muchas cosas, y –¿quién conoce el futuro?– quizá debiera sobrellevar más. El señor Goliadkin mayor protestó y se puso a demostrar que hay que depositar toda la esperanza en Dios. El invitado se mostró en todo de acuerdo y dijo que, desde luego, no hay nadie como Dios. Ahí el señor Goliadkin mayor señaló que los turcos tienen en cierta medida razón cuando invocan hasta en sueños el nombre de Dios. Después, en desacuerdo con ciertos científicos a propósito de ciertas calumnias proferidas contra el profeta turco Mahoma, y reconociendo en este una suerte de gran político, el señor Goliadkin pasó a la más que interesante descripción de una barbería argelina sobre la que había leído en un libro, en la sección de misceláneas. Invitado y anfitrión se rieron mucho de la ingenuidad de los turcos; por cierto, no pudieron dejar de reconocer el asombro que les producía su fanatismo, excitado por el opio… El invitado al fin comenzó a desvestirse, mientras el señor Goliadkin lo hizo detrás del tabique, en parte por bondad de alma, porque quizá el otro no tenía una camisa decente y no quería azorar al ya de por sí sufrido hombre, y en parte para tranquilizarse en lo posible respecto a Petrushka, sondearlo, alegrarlo si podía, ser gentil con él, para que, bueno, para que todos fueran felices y, como suele decirse, no quedara sal esparcida sobre la mesa. Cabe señalar que Petrushka seguía produciendo cierta inquietud en el señor Goliadkin.