El doble

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–Piotr, vete a dormir ya –dijo con suavidad el señor Goliadkin al entrar en el habitáculo de su criado–. Vete a dormir ya, y mañana despiértame a las ocho. ¿Me entiendes, Petrusha?22

El señor Goliadkin hablaba en un tono inusualmente suave y cariñoso. Pero Petrushka callaba. En ese momento iba y venía por delante de su cama y ni siquiera se volvió para mirar a su señor, lo que, por cierto, debería haber hecho por simple respeto.

–Piotr, ¿me has oído? –continuó el señor Goliadkin–. Vete a dormir ya, Petrusha, y mañana despiértame a las ocho. ¿Me entiendes?

–Pero ¡si ya lo recuerdo, si ya lo sé! –rezongó Petrushka.

–Vaya, vaya, Petrusha. Te digo esto solo para que estés tranquilo y feliz. Ahora todos somos felices, así que tú también debes estar tranquilo y feliz. Y ahora te deseo buenas noches. Duerme, Petrusha, duerme; todos debemos trabajar… Y, hermano, no vayas a pensar cualquier cosa…


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