El doble
El doble –¿Sabes qué, Iasha?21 –continuó el señor Goliadkin con voz trémula y débil–. Iasha, quédate en mi casa por un tiempo, o quédate para siempre. Nos entenderemos. ¿Qué dices, hermano? No te hagas mala sangre ni murmures por esta extraña circunstancia que se da entre nosotros: murmurar es pecado, hermano; acéptalo y resÃgnate. ¡Asà lo quiso la naturaleza! Y la madre naturaleza es generosa, ¡asà es, hermano Iasha! Te lo digo con cariño, con fraternal cariño. Tú y yo, Iasha, vamos a emplear astucias y a ponerles la zancadilla, vamos a ganarles de mano.