El eterno marido
El eterno marido Ya hemos dicho que su orgullo habÃa tomado una forma singular. HabÃa momentos —raros, es cierto— en que olvidaba su amor propio al punto de serle indiferente no tener ya coche particular y verse obligado a ir a pie de tribunal en tribunal, vestido de cualquier modo. Si, por casualidad, alguno de sus antiguos amigos le miraba en la calle con aire burlón, o aparentaba no conocerle, su orgullo era tal que ya no se ofendÃa. Y muy sinceramente no se ofendÃa. A decir verdad, estos momentos de olvido de sà mismo eran bastante escasos; pero, en general, lo cierto es que su vanidad se desinteresaba, poco a poco, de las cosas que hasta entonces le habÃan afectado, y se concentraba en una sola, siempre presente a su espÃritu.