El eterno marido
El eterno marido «Sà —pensaba con sarcasmo (casi siempre que pensaba en sà mismo era sarcásticamente)—, no hay duda de que alguien se preocupa de mejorarme, sugiriéndome todos esos malditos recuerdos y esas lágrimas de arrepentimiento. Bueno, y después de todo, ¿qué? ¡Pólvora en salvas! Muy bien las lágrimas de arrepentimiento; pero ¿no tengo acaso la seguridad de que a pesar de mis cuarenta años, cuarenta años de una existencia estúpida, no me queda una migaja de libre albedrÃo? Que mañana se presentara de nuevo la misma tentación, que, por ejemplo, tuviera otra vez interés en propalar el rumor de que la mujer del maestro de escuela aceptaba de muy buen talante mis obsequios, y de sobra sé que volverÃa a las andadas, sin la menor vacilación, tanto más vil y más insidioso por ser la segunda vez. Que mañana a aquel principillo a quien, hace once años, rompà una pierna de un balazo, se le ocurriese ofenderme de nuevo, pues me apresurarÃa a llevarlo al terreno, y le costarÃa una segunda pata de madera. Todas estas vueltas al pasado, es pólvora en balde, sin eficacia alguna ¿A qué santo estos recuerdos, cuando ni siquiera consigo verme libre de mà en el presente?