El eterno marido
El eterno marido —Está usted borracho, y no comprendo lo que quiere decir —replicó duramente—. Yo estoy siempre dispuesto a explicarme con usted y es más, quiero que sea lo antes posible… Precisamente iba… Pero antes que nada le diré que tengo decidido pase usted aquà la noche. Mañana por la mañana vendrá usted conmigo. ¡No espere usted que le suelte —gritó con voz tonante—; le ataré a usted si es preciso, y le llevaré con mis propias manos…! Vamos a ver: ¿le servirá a usted ese diván…!
Y señalaba un diván ancho y muelle, que hacÃa pareja, arrimado a la pared de enfrente, con el que le servÃa de lecho a él.
—¡Oh!, lo mismo da, en cualquier parte…
—No, en cualquier parte, no. ¡En este diván! Aquà tiene usted sábanas, una colcha, una almohada… —Y diciendo y haciendo sacó todo ello de un armario tirándoselo a Pavel Pavlovich, que tendÃa los brazos con aire resignado—. ¡Vamos hágase usted la cama; en seguida!