El eterno marido

El eterno marido

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Pavel Pavlovich continuaba en el centro de la habitación con los brazos cargados, como indeciso, sonriendo con una ancha sonrisa de borracho. A una segunda intimación de Veltchaninov, que amenazaba encolerizarse, puso manos a la obra precipitadamente. Apartó la mesa, y soplando y resoplando, desdobló y dispuso las sábanas. Veltchaninov acudió en su ayuda. Sentíase satisfecho de la docilidad y la estupefacción de su huésped.

—Apure usted ese vaso y acuéstese —ordenó, comprendiendo que era preciso mandar—. ¿Es usted quien ha enviado a buscar vino?

—Sí, yo he sido… Sabía que usted se negaría a mandar otra vez por él, Aléksieyi Ivanovich.

—Bien, bien; no está mal que lo haya usted comprendido; pero hay todavía otra cosa que es preciso acabe usted de comprender. Le aseguro a usted que mi resolución está tomada, y que estoy decidido a no soportar por más tiempo esas farsas y carantoñas de borracho.

—¡Oh!, puede usted estar tranquilo Aléksieyi Ivanovich —replicó el otro, sonriendo—; ya sé de sobra que esas cosas no son posibles más que una vez.

Al oír esto, Veltchaninov, que paseaba por el cuarto, se paró en seco delante de Pavel Pavlovich, con aire solemne.


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