El eterno marido
El eterno marido —¡Hable usted claro, Pavel Pavlovich! Usted es listo, lo repito; pero le aseguro que va usted por mal camino. Hable usted claro, con toda franqueza, y le doy mi palabra de honor de que contestaré a todas sus preguntas.
Pavel Pavlovich sonrió de nuevo, con aquella dilatada sonrisa que bastaba para exasperar a Veltchaninov.
—¡Vamos! ¡Nada de subterfugios! Le estoy viendo a usted hasta el fondo. Se lo repito: le doy a usted mi palabra de honor de contestar a todo, y de darle todas las satisfacciones posibles… quiero decir, todas las satisfacciones, posibles o no… ¡Ah, cuánto me alegrarÃa de que usted me comprendiese…!
—Pues bien, ya que es usted tan amable —dijo Pavel Pavlovich, con aire circunspecto—, le confesaré que me ha intrigado mucho la palabra «feroz» que empleó usted ayer…
Veltchaninov escupió en tierra, y siguió paseando, más aceleradamente, por el cuarto.