El eterno marido

El eterno marido

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—Sí así empieza usted, ¿cómo demonios va a concluir? —repuso Pavel Pavlovich, un tanto desconcertado.

Pero Veltchaninov prosiguió sin oírle:

—Su hija se muere, está gravísima. ¿La ha abandonado usted del todo, sí o no?

—¿Moribunda…? ¿De verdad?

—Está mal, muy mal, gravemente enferma.

—¡Oh!, acaso una simple crisis…

—¡Vamos, no diga usted estupideces! Está muy grave. Ya debería usted haber ido, aunque sólo fuera para…

—¿Para dar las gracias por la hospitalidad? ¡Sí, de sobra lo sé! Aléksieyi Ivanovich, amigo mío, mi único amigo —tartamudeó cogiéndole la mano entre las suyas con un enternecimiento de beodo, asomándole las lágrimas a los ojos, y como si implorase perdón—, Aléksieyi Ivanovich, no grite usted, no grite… ¡Así me muera en el acto, así me caiga al Neva en este instante… ¡¿Para qué, en las circunstancias actuales…? En cuanto a los Pogoreltsev, siempre será tiempo…

Recobróse Veltchaninov, consiguiendo dominarse.


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