El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov no contestó ya. De cara a la pared, se pasó así toda la noche, sin hacer el menor movimiento. ¿Quería cumplir su palabra, y demostrarle que le despreciaba…? Ni él mismo sabía lo que pasaba en él; la sacudida había sido tan violenta, que todo él se sentía trastornado, y le costó un trabajo ímprobo conciliar el sueño.
Las diez de la mañana serían cuando se despertó sobresaltado, incorporándose en la cama, como movido por un resorte. ¡Pero Pavel Pavlovich no estaba ya en el cuarto! La cama estaba vacía, en desorden. Había huido al amanecer.
—¡Estaba seguro! —exclamó Veltchaninov, dándose una palmada en la frente.