El eterno marido
El eterno marido En el cementerio
El médico había previsto bien: el estado de Liza empeoró más de lo que Veltchaninov y Claudia Petrovna presumieran la noche antes. Por la mañana, cuando llegó Veltchaninov, la enfermita tenía aún todo su conocimiento a pesar de estar ardiendo de fiebre. Más tarde juraba él que la niña le había sonreído y hasta tendido su manecita. Fuera cierto, o simplemente una ilusión consoladora, ya no era tiempo de comprobarlo. Al llegar la noche, Liza había perdido el conocimiento, y así estuvo hasta el final. Al décimo día de su entrada en casa de los Pogoreltsev murió.
