El eterno marido

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Dos veces en el curso de este período se sintió presa de una actividad imperiosa. Corrió a Petersburgo, fue a ver a los médicos más afamados y los reunió en consultas. La última tuvo lugar la víspera misma de la muerte. Tres días antes, Claudia Petrovna le había dicho que era preciso, a toda costa, encontrar a Trusotskii: «En caso de una desgracia, hasta sería imposible enterrarla sin la presencia de su padre». Veltchaninov había contestado distraídamente que iba a escribirle. Pogoreltsev declaró entonces que le haría buscar por la Policía. En vista de eso, acabó Veltchaninov por escribirle una esquela sumamente lacónica, que llevó en persona al hotel. Pavel Pavlovich no estaba, como de costumbre, y se vio obligado a confiar la carta a María Sysoevna.

Al fin murió Liza, durante un admirable atardecer, mientras el sol se ponía.

Fue para Veltchaninov como si saliera de un sueño. Cuando la pusieron un vestidito blanco, el vestido de los días de fiesta de una de las niñas de la casa, y la acostaron con las manos juntas, sobre la mesa grande del salón, toda cubierta de flores, se acercó a Claudia Petrovna y, con los ojos relampagueantes, la declaró que iba a buscar al asesino y a traerle inmediatamente. No quiso atender consejo alguno, negándose a aplazarlo para el día siguiente, y partió en dirección a la ciudad.


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