El eterno marido
El eterno marido «Y ¿por qué voy a irme? —continuaba filosofando con amargura—. Hace aquà tanto polvo y un calor tan sofocante; hay en estos tribunales en que me paso el dÃa, entre todos estos hombres de negocios, tantas preocupaciones enervantes, tantos cuidados abrumadores; y en todas estas gentes que llenan la ciudad, en todos estos rostros que pasan desde la mañana hasta la noche, se ve un egoÃsmo tan ingenua y sinceramente exteriorizado, una audacia tan grosera, una cobardÃa tan ruin, una pusilanimidad tan baja, que a fe mÃa que esto es el paraÃso para un hipocondrÃaco. Todo es franco aquÃ, todo se muestra sin rebozo; nada se toma el trabajo de disimular, como hacen nuestras damas y damiselas en todas partes: en el campo, en los balnearios, en el extranjero… SÃ, realmente todo merece aquà la más sincera estimación, aunque sólo sea por su franqueza y sencillez… ¡No me iré! ¡Reventaré aquÃ, si es preciso, pero no me iré!»