El eterno marido

El eterno marido

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Aquella tarde se sentó a la mesa en las peores disposiciones de ánimo. Tiró violentamente el sombrero a un rincón, se puso de codos sobre el mantel, y cayó en meditación. A poco que su vecino hubiera hecho el menor ruido, o que el mozo no le hubiese comprendido inmediatamente, él, que de ordinario era cortés, y cuando la ocasión lo exigía pacientísimo, habría sin duda alguna armado un alboroto, y hasta puede que un verdadero escándalo.

Habían servido el puré, y Veltchaninov cogía ya la cuchara para empezar a comer, cuando de pronto, con ademán brusco, la tiró sobre la mesa y saltó casi de la silla. Un pensamiento imprevisto acababa de cruzar por su cerebro. En un instante, sabe Dios cómo, acababa de comprender el motivo de su angustia, de aquella extraña angustia que le torturaba desde hacía tantos días, acosándole, vaya usted a saber por qué, sin un momento de tregua. He aquí que, de pronto, comprendía y veía este motivo, tan claramente como los cinco dedos de su mano.

—¡El sombrero! —murmuraba, como iluminado—. Sí, ese maldito sombrero con esa abominable gasa negra. ¡Ésa es la causa de todo!

Veltchaninov se puso a reflexionar; pero, mientras más pensaba en ello, más se ensombrecía, más extraño le parecía «todo el suceso».


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