El eterno marido
El eterno marido «Pero… pero… ¿tratábase realmente de un suceso? —se objetaba, siempre desconfiado—. ¿Qué hay en todo esto que se pueda calificar de suceso?»
He aquà lo que habÃa ocurrido:
Próximamente quince dÃas antes —a decir verdad, él no recordaba con exactitud, pero eso debÃa de hacer— habÃa encontrado por primera vez en la calle, el sitio no hace al caso —sÃ, en el cruce de las calles Podiatcheskaia y Metchanskaia—, a un hombre que llevaba una gasa negra en el sombrero. El individuo en cuestión era como todo el mundo, y no ofrecÃa nada de particular. HabÃa pasado de prisa, pero al pasar lanzó a Veltchaninov una mirada insistente que le llamó extraordinariamente la atención. Tuvo en seguida la impresión de que aquella cara no le era desconocida. SÃ, de seguro que la habÃa visto ya en algún sitio.
«¡Bah! —pensó—. ¡Pues no habré visto en mi vida pocos miles de caras! ¡Si fuera uno a acordarse de todas!»
No habÃa andado veinte pasos, cuando ya habÃa olvidado este encuentro, a pesar de la impresión que le habÃa hecho, impresión que le duró todo el dÃa, extrañamente. Era como una irritación sin objeto, y muy singular.