El eterno marido
El eterno marido Ahora, quince días después, recordaba todo aquello clarísimamente. Recordaba también que no había podido comprender entonces la causa de aquella irritación, hasta el punto de que ni siquiera se le ocurrió la idea de una relación posible entre su mal humor de toda la tarde y el encuentro de la mañana.
Pero el sujeto tuvo buen cuidado de no dejarse olvidar. Al día siguiente volvió a cruzarse con Veltchaninov en la Perspectiva Newski y, como la vez anterior, le miró fijamente, de un modo extraño. Veltchaninov escupió, en señal de desdén; pero apenas había escupido, se sorprendía ya de lo hecho.
«Evidentemente, hay fisonomías que nos inspiran, no se sabe por qué, una invencible repugnancia».
—Es indudable, yo conozco a ese tipo de alguna parte —murmuraba, todavía con aire pensativo, media hora después del encuentro.
Y de nuevo toda aquella tarde estuvo de humor desapacible, y por la noche tuvo un sueño agitado. No obstante, siguió sin ocurrírsele la idea de que aquel enlutado pudiera ser la causa de su malestar; y eso que aquella misma noche le volviera con frecuencia a la memoria.
Antes bien, irritábase de que «una majadería semejante» ocupara tanto lugar en sus recuerdos, y seguramente, de haber pensado en ello, se habría sentido muy humillado de tener que atribuirle lo anormal de su estado.