El eterno marido
El eterno marido Dos días más tarde lo encontró de nuevo en medio de un grupo de gente, en un desembarcadero del Neva. Esta vez Veltchaninov habría jurado que el señor de la «gasa negra» le había reconocido; pero, en ese momento, la multitud les había separado. Hasta le parecía que hizo ademán de tenderle la mano; quizás hasta le había llamado por su nombre. El resto, Veltchaninov no lo había oído claramente. No obstante… «Pero ¿quién podrá ser ese mamarracho? ¿Por qué no se acerca, si realmente me conoce y quiere hablarme?», pensó encolerizado, mientras saltaba en un coche de punto para ir al convento de Smolny.
Media hora después discutía acaloradamente con su abogado; pero la noche volvió a traerle la angustia más absurda.
«¿Tendré, acaso, un derrame de bilis?», se preguntó con inquietud, mirándose en el espejo.
Luego transcurrieron cinco días sin encontrar a «nadie» y sin que el mamarracho diera señales de vida. ¡Y, sin embargo, no podía olvidar al hombre de la gasa negra!