El eterno marido
El eterno marido «Pero ¿qué es lo que me pasa? ¿Quién es ese hombre para que yo me ocupe tanto de él? —pensaba Veltchaninov—. ¡Hm…! Seguramente que él también tiene mucho que hacer en Petersburgo… Pero ¿por quién estará de luto…? No cabe duda que me ha reconocido… Yo a él no… Y ¿por qué llevarán esas gentes una gasa negra…? No les va… Me parece que, si le viera de más cerca, yo también le reconocerÃa…»
Y era como si algo comenzara a agitarse en sus recuerdos, como una cosa que se sabe, que se ha olvidado y que hace uno todo lo posible por recuperar. Sabe uno perfectamente la palabra, sabe que la sabe, sabe lo que quiere decir, da uno vueltas alrededor de ella… y no puede apresarla. Fue… sÃ, hace mucho tiempo… en un sitio que… habÃa allÃ… ¡Al diablo lo que habÃa o dejaba de haber! ¿Vale la pena ese mamarracho de tomarse un trabajo semejante?» Y una terrible irritación se apoderaba de él.
Pero por la noche, al recordarla, experimentó una gran confusión, como si alguien le hubiera sorprendido cometiendo una mala acción.
Quedó inquieto y asombrado: «No tiene más remedio que haber alguna razón para que yo me preocupe asÃ, de buenas a primeras… por un simple recuerdo…» Y se detuvo a mitad del pensamiento.