El eterno marido
El eterno marido Al día siguiente experimentó una irritación todavía más violenta; pero esta vez le parecía que había motivo y que estaba en su perfecto derecho. «¡Habráse visto insolencia!» Tratábase de un cuarto encuentro con el «señor de la gasa negra», que de nuevo había como surgido de la tierra.
He aquí la historia:
Acababa Veltchaninov de coger al vuelo en la calle al consejero de Estado tan influyente que desde hacía tiempo perseguía. Este funcionario, que él conocía superficialmente y que podía serle útil en su asunto, había hecho manifiestamente todo lo posible para evitar su encuentro; pero Veltchaninov, encantado de tenerlo al fin por suyo, andaba a su lado, sondeándole con la mirada, derrochando tesoros de habilidad para, traerle a un tema de conversación que permitiese arrancarle la palabra tan deseada; pero el muy zorro estaba alerta, y respondía bromeando, o callaba. Y, de pronto, en este momento difícil y decisivo, la mirada de Veltchaninov fue a tropezar en la acera de enfrente con el hombre de la gasa negra.
Estaba parado, mirándoles fijamente. «Los seguía, era indudable. E indudable también que se burlaba de ellos.»