El eterno marido
El eterno marido —¡El demonio lo confunda! —exclamó, furioso. Veltchaninov, despidiéndose acto seguido del alto funcionario, y atribuyendo todo el fracaso de sus gestiones a la súbita aparición del «insolente»—. ¡El demonio lo confunda! ¡JurarÃa que me espÃa! No hay duda, me sigue. Le han pagado para ello, y… y… Con que se rÃe de mÃ, ¿eh? ¡Pues ya lo veremos…! ¡Si llevase un bastón…! ¡Voy a comprar un bastón! ¡No puedo tolerar que esto continúe…! ¿Quién será ese individuo? Es preciso que yo sepa quién es.
Tres dÃas habÃan pasado desde aquel cuarto encuentro, cuando hallamos a Veltchaninov en su restaurant, fuera de sà y como abatido. Por mucho que le costase a su orgullo, preciso era confesarse la verdad. SÃ, en resumidas cuentas y bien pensado todo, tenÃa que reconocer que su mal humor y la extraña angustia que le ahogaba desde hacÃa quince dÃas, no tenÃan otra causa que el hombre de luto, ese «tipo ridÃculo».
«Verdad es que estoy hipocondrÃaco; verdad que tengo la manÃa de hacer de una mosca un elefante; pero, por imaginario que sea todo esto, ¿es acaso menos penoso? Si un pillo semejante puede permitirse el trastornar asà a un hombre, entonces… entonces…»
Esta vez, en efecto, al quinto encuentro, que habÃa tenido lugar aquel mismo dÃa, y que acabó de poner fuera de sà a Veltchaninov, el elefante era poco más de una mosca.