El eterno marido
El eterno marido El personaje en cuestión había cruzado esta vez sin mirar a Veltchaninov ni hacer ademán de conocerle. Andaba muy de prisa, con los ojos bajos, y parecía muy deseoso de pasar inadvertido. Veltchaninov se había dirigido a él, gritándole a voz en cuello:
—¡Eh, oiga usted, el de la gasa negra! ¿Por qué huye usted ahora? ¡Alto, deténgase usted! ¿Quién es usted?
La pregunta y toda esta interpelación carecían de sentido; pero hasta después de haber gritado no se dio cuenta Veltchaninov. El otro, al oírse interpelar, se había vuelto, deteniéndose un instante, titubeando, sonriendo, como si quisiera decir o hacer algo. Al fin, después de una corta indecisión, se había alejado bruscamente, sin mirar hacia atrás, dejando a Veltchaninov suspenso y estupefacto.
«¿Si seré yo quien le persigo —pensó—, y no él…?