El eterno marido

El eterno marido

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Todavía faltaba mucho para que amaneciese, y no quería mandar a buscar un médico a medianoche. Por otra parte, era poco amigo de médicos. Al fin, no pudo contenerse y gimió en voz alta. Sus quejidos despertaron a Pavel Pavlovich, que se incorporó en el diván espantado al ver a Veltchaninov correr como un loco por las habitaciones. El champaña que bebiera había producido de tal modo su efecto que aun tardó un buen rato en recobrar del todo su juicio. Al fin comprendió y se acercó a Veltchaninov, que balbuceó una respuesta.

—Eso es cosa del hígado. Yo he visto varios casos —dijo Pavel Pavlovich con una volubilidad sorprendente—. Piotr Kusmitch y Polosukhine tuvieron exactamente lo mismo, y era del hígado… Lo mejor son compresas calientes. Piotr Kusmitch se ponía siempre compresas… ¡Oh, puede uno morirse muy fácilmente! ¿Quiere usted que avise a Mavra?

—¡No vale la pena, no vale la pena! —dijo Veltchaninov, extenuado—. ¡No necesito nada!





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