El eterno marido

El eterno marido

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Pero Pavel Pavlovich, sabe Dios por qué, estaba fuera de sí, tan trastornado como si se tratara de salvar a un hijo. Sin querer oír nada insistió vivamente: no había más remedio que poner compresas calientes y, además tomarse muy de prisa, de un trago, dos o tres tazas de té flojo, lo más caliente posible, casi hirviendo. Sin esperar el permiso de Veltchaninov, corrió en busca de Mavra, la trajo a la cocina, hizo fuego, encendió el samovar, Al mismo tiempo decidía al enfermo a acostarse, le desnudaba, le arropaba con una colcha; y al cabo de veinte minutos estaba hecho el té, y caliente la primera compresa.

—¡Ajajá! ¡No hay compresa mejor…! ¡Platos bien calientes, quemando! —exclamó, con un entusiasmo apasionado, aplicando sobre el estómago de Veltchaninov un plato envuelto en una servilleta—. No hay otras compresas a mano, y se tardaría demasiado en ir a buscarlas… Además, yo le garantizo a usted que no hay nada mejor. Lo sé por experiencia, cuando Piotr Kusmitch… ¡Y que puede uno morirse muy fácilmente, sabe usted…! ¡Tenga, bébase ese té de prisa; tanto peor si se quema usted…! Se trata de salvarle a usted, y no de andarse con remilgos!




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