El eterno marido

El eterno marido

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Empujaba a Mavra, que seguía casi dormida; cambiaba los platos cada tres o cuatro minutos. Después del tercer plato y la segunda taza de té hirviendo, que tomó de un trago, Veltchaninov se sintió bastante aliviado.

—¡Buen síntoma, cuando se consigue dominar el dolor! —exclamó Pavel Pavlovich.

Y, todo contento, corrió a traer otro plato y otra taza de té.

—¡Que lleguemos a calmar completamente el dolor y verá usted! ¡Eso es lo esencial! —repetía a cada momento.

Al cabo de media hora, el dolor había desaparecido, pero el enfermo estaba tan extenuado que, a pesar de las súplicas de Pavel Pavlovich, se negó tenazmente a dejarse aplicar un «último platito». Los ojos se le cerraban de debilidad.

—¡Dormir! ¡Dormir! —murmuró con voz apagada.

—¡Sí, sí, ahora! —dijo Pavel Pavlovich.

—Acuéstese usted también… ¿Qué hora es?

—Van a dar las dos menos cuarto.

—Acuéstese usted.

—Sí, sí, ya me acuesto.

Un minuto después el enfermo llamó de nuevo a Pavel Pavlovich que acudió en seguida.


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