El eterno marido
El eterno marido —Es usted… es usted… mejor que yo… Gracias.
—¡Duerma, duerma! —dijo en voz queda Pavel Pavlovich.
Y volvió a su diván de puntillas.
TodavÃa le oyó el enfermo hacer con mucho tiento la cama, desnudarse, apagar la bujÃa, y acostarse a su vez, conteniendo el aliento, para no molestarle.
Veltchaninov debió dormirse, sin duda, en cuanto apagaron la luz. Más tarde lo recordaba perfectamente. Pero, en sueños, hasta el momento en que se despertó, le parecÃa que no dormÃa, ni conseguÃa dormirse a pesar de su extrema debilidad.