El eterno marido
El eterno marido Durante aquellos minutos, ni uno ni otro dijeron una sola palabra. Únicamente se oía el jadear de ambos, y el ruido sordo de la lucha. Cuando consiguió atar las manos a Pavel Pavlovich, lo dejó echado en tierra se levantó, fue a la ventana y descorrió las cortinas. La calle estaba desierta; el día comenzaba a clarear. Abrió la ventana y descansó unos momentos, apoyado en el alféizar, respirando a pleno pulmón el aire fresco. Eran cerca de las cinco. Cerró de nuevo la ventana, fue al armario, cogió una toalla y se envolvió con ella sólidamente la mano, a fin de cortar la hemorragia. Vio a sus pies, sobre la alfombra la navaja abierta. La recogió, limpió y guardó en su estuche que había olvidado aquella mañana encima de una mesita que había al lado del diván donde durmiera Pavel Pavlovich. Luego, guardó el estuche en su escritorio, bajo llave. Por último, se acercó a Pavel Pavlovich, al que se quedó contemplando.
Éste había conseguido, a costa de grandes esfuerzos, levantarse y sentarse en un sillón. Estaba sin vestir y sin calzar, con la camisa manchada de sangre —sangre de Veltchaninov— en la espalda y las mangas.