El eterno marido
El eterno marido No cabía duda que era Pavel Pavlovich, pero estaba irreconocible, a tal punto se le había descompuesto y desfigurado el rostro. Estaba sentado, con las manos atadas a la espalda, haciendo esfuerzos por mantenerse derecho, con todas las facciones convulsas y como devastadas, verde a fuerza de palidez. De cuando en cuando se estremecía. Miraba a Veltchaninov con ojos fijos, pero apagados, sin vista. De pronto, tuvo una sonrisa estúpida y extraviada, señaló con la cabeza la jarra de agua que había encima de la mesa, y tartajeó con voz débil:
—De beber…