El eterno marido

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Veltchaninov llenó un vaso y se lo acercó él mismo a los labios. Pavel Pavlovich sorbía el agua glotonamente. Al cabo de tres sorbos levantó la cabeza y miró muy fijamente, cara a cara, a Veltchaninov, que seguía en pie, con el vaso en la mano. Sin decir nada, volvió a beber. Cuando hubo terminado respiró profundamente. Veltchaninov cogió su almohada, su ropa, y pasó al otro cuarto, dejando a Pavel Pavlovich encerrado con llave. Los dolores del estómago habían desaparecido por completo, pero después del enorme esfuerzo que acababa de hacer, su debilidad era cada vez mayor. Trató de reflexionar en lo que había ocurrido, pero sus ideas no conseguían coordinarse. La sacudida había sido demasiado fuerte. Se amodorró, dormitando unos minutos. De pronto, se sintió sacudido por un temblor general y despertó. En seguida recordó todo. Levantando con precaución la mano izquierda, que seguía envuelta en la toalla, húmeda de sangre, se puso a reflexionar, presa de una agitación febril. Sólo un punto no le ofrecía duda alguna: que Pavel Pavlovich había querido positivamente degollarle, pero que acaso un cuarto de hora antes de la tentativa él mismo ignoraba lo que iba a hacer. Quizá al acostarse se fijara, sin premeditación alguna, en el estuche de las navajas, y luego el recuerdo de estas navajas obrase sobre él como una obsesión. (Generalmente, las navajas estaban guardadas bajo llave en el escritorio; la víspera, Veltchaninov las había sacado para usarlas, olvidándose luego de volverlas a su sitio.)


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