El eterno marido

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«Si hubiese tenido la intención de matarme se habría provisto de un puñal o de una pistola. No era posible que contase con mis navajas, de las que aun no tenía la menor idea», pensó.

En esto, dieron las seis. Veltchaninov volvió en sí, y después de vestirse rápidamente se dirigió hacia el cuarto en que había dejado encerrado a Pavel Pavlovich. Mientras abría la puerta, preguntábase, sin acertar a responder, cómo en lugar de encerrarlo no lo había echado acto seguido de su casa. Sorprendióse de verle ya vestido. El prisionero había conseguido soltar sus ataduras y estaba sentado en un sillón. Al entrar Veltchaninov se levantó. Tenía el sombrero en la mano. Su mirada turbia decía: «Inútil hablar; no tenemos nada que decirnos…»

—¡Váyase! —dijo Veltchaninov—. Coja usted su pulsera —añadió.

Pavel Pavlovich volvió hasta la mesa, cogió el estuche, lo guardó en el bolsillo y se dirigió hacia la escalera. Veltchaninov estaba en pie junto a la puerta, para cerrarla en cuanto saliera. Sus miradas se encontraron por última vez. Pavel Pavlovich se detuvo. Por espacio de cinco segundos se miraron frente a frente, bien en los ojos. Ambos parecían indecisos. Al fin, Veltchaninov le hizo una señal con la mano.

—¡Vayase! —añadió a media voz.

Y cerró la puerta con llave.


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