El eterno marido
El eterno marido Análisis
Un sentimiento de alegrÃa inaudita, inmensa, le invadió por entero. Algo se desataba, concluÃa al fin. Le quitaban de encima un peso horrible, que desde hacÃa cinco semanas le aplastaba. Ahora se daba cuenta. Levantó la mano, contemplando largamente la toalla manchada de sangre y murmuró:
—¡SÃ; lo que es esta vez ya se acabó todo!
Y durante toda aquella mañana, por primera vez desde hacÃa tres semanas, apenas pensó en Liza, como si aquella sangre que corrÃa de sus dedos heridos le hubiese también libertado de esta otra obsesión.
Ahora se daba perfecta cuenta del peligro terrible que le habÃa amenazado. «Con esa clase de hombres —pensaba— nunca se sabe. Un minuto antes no saben si van o no a degollarle a uno, y luego, una vez que tienen un cuchillo entre las manos y sienten el primer chorro de sangre en los dedos, no se contentan con degollarle a uno, sino que tienen que cortarle la cabeza…».
No podÃa estarse quieto. A toda costa, era preciso que hiciera algo, inmediatamente, para evitar sabe Dios qué. Salió, vagando al azar por las calles, deseoso de encontrar a alguien con quien hablar, aunque fuese un desconocido.
Este deseo le sugirió la idea de ver a un médico que le hiciera la primera cura. Se dirigió, pues, a casa del médico amigo suyo.
