El eterno marido

El eterno marido

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XVI

Análisis

Un sentimiento de alegría inaudita, inmensa, le invadió por entero. Algo se desataba, concluía al fin. Le quitaban de encima un peso horrible, que desde hacía cinco semanas le aplastaba. Ahora se daba cuenta. Levantó la mano, contemplando largamente la toalla manchada de sangre y murmuró:

—¡Sí; lo que es esta vez ya se acabó todo!

Y durante toda aquella mañana, por primera vez desde hacía tres semanas, apenas pensó en Liza, como si aquella sangre que corría de sus dedos heridos le hubiese también libertado de esta otra obsesión.

Ahora se daba perfecta cuenta del peligro terrible que le había amenazado. «Con esa clase de hombres —pensaba— nunca se sabe. Un minuto antes no saben si van o no a degollarle a uno, y luego, una vez que tienen un cuchillo entre las manos y sienten el primer chorro de sangre en los dedos, no se contentan con degollarle a uno, sino que tienen que cortarle la cabeza…».

No podía estarse quieto. A toda costa, era preciso que hiciera algo, inmediatamente, para evitar sabe Dios qué. Salió, vagando al azar por las calles, deseoso de encontrar a alguien con quien hablar, aunque fuese un desconocido.

Este deseo le sugirió la idea de ver a un médico que le hiciera la primera cura. Se dirigió, pues, a casa del médico amigo suyo.


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