El eterno marido
El eterno marido Éste examinó la herida y le preguntó con curiosidad:
—¿Cómo ha podido usted hacerse esto?
Veltchaninov contestó con una chanza, se echó a reír y estuvo a punto de contarle todo, pero pudo contenerse. El médico le tomó el pulso y, al saber la crisis que había padecido aquella noche, le hizo tomar una cucharada de una poción calmante que tenía a mano. En cuanto a la herida, le tranquilizó:
—Esto no puede tener consecuencias.
Veltchaninov se echó a reír y declaró que ya las había tenido, y excelentes por cierto.
Otras veces, durante aquel mismo día, sintió tentaciones de contarlo todo. Una de ellas, a un señor completamente desconocido, a quien él fue el primero en dirigir la palabra en una pastelería. ¡Él, que siempre había detestado trabar conversación con personas desconocidas!
Entró en una tienda a comprar un periódico, y se dirigió a casa de su sastre, donde se encargó un traje. La idea de la visita a los Pogoreltsev continuaba seduciéndole poco. Apenas se acordaba de ellos; y, por otra parte, no podía pensar en ir tan lejos. Era absolutamente preciso que él estuviese en Petersburgo en espera sabe Dios de qué.