El eterno marido

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Comió con apetito, habló con el mozo y con su vecino de mesa, y bebió media botella de vino, sin pensar siquiera en la posible repetición de la crisis de la víspera. Estaba convencido de que en el preciso momento en que, después de hora y media de sueño, y a pesar de su extremada debilidad, saltó de la cama para luchar con su asesino, había desaparecido la enfermedad.

Sin embargo, al anochecer, la cabeza empezó a darle vueltas y en algunos momentos sentía invadirle algo muy parecido a su delirio de la noche anterior.

Al entrar en su casa, ya puesto el sol, casi sintió miedo. Sentíase oprimido y agitado. Recorrió varias veces toda la casa, habitación por habitación. Hasta miró en la cocina, donde nunca entraba. «Aquí es donde anoche calentaron los platos», pensó. Cerró la puerta con cerrojo y, más temprano que de costumbre, encendió las bujías. Entonces recordó que hacía un momento, al pasar por la portería, había llamado a Mavra para preguntarle: «¿No ha venido Pavel Pavlovich en mi ausencia?» como si semejante cosa hubiera sido posible.




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