El eterno marido
El eterno marido Una vez bien cerrada la puerta, sacó del escritorio el estuche de las navajas, y abrió la «de ayer» para examinarla. En el mango de marfil se veían aún algunas gotas de sangre. La guardó otra vez en su estuche, y éste en el escritorio. Deseaba dormir. Era preciso que se acostara en seguida. De otro modo, «mañana estaría hecho un trapo». Aquella mañana se le antojaba un día llamado en cierto modo a ser nefasto y «definitivo». Pero los mismos pensamientos que, durante todo el día, mientras vagaba por las calles, no le abandonaran un solo instante, invadieron tumultuosamente su espíritu enfermo, sin que él pudiera apartarlos ni poner orden en ellos. Y pensando, pensando, le era imposible dormirse…
«Dando por supuesto que se levantara a degollarme sin premeditación alguna —pensó, ¿no se le habría ocurrido nunca antes la misma idea, no habría soñado alguna vez con ella, en sus peores momentos?».