El eterno marido
El eterno marido A esto encontraba una singular respuesta: «Pavel Pavlovich quería matarle, pero la idea del crimen no había acudido una sola vez al espíritu del futuro criminal». Es decir: «Pavel Pavlovich quería matarle, pero no sabía que quería matarle. Es incomprensible, pero es así», pensó Veltchaninov. No era para buscar un destino, ni a causa de Bagautov por lo que había venido a Petersburgo… Aunque, una vez aquí buscase el destino, y no dejase en paz a Bagautov, y la muerte de éste le produjese tal sacudida… No, Bagautov le importaba un rábano. «Si vino aquí, y con Liza, fue por mí… Y yo, ¿esperaba yo lo que ha sucedido…?
Respondióse resueltamente que sí, que se lo esperaba desde el día que le vio en coche, en el entierro de Bagautov:
«Sí, algo me esperaba yo, pero claro que esto no… de ningún modo que se le ocurriera cortarme el cuello…»
«Pero, vamos a ver, ¿sería sincero —continuó preguntándose, levantando bruscamente la cabeza de la almohada y abriendo los ojos—, sería sincero todo lo que ese… loco me decía ayer de su ternura hacia mí, con la barbilla temblona y dándose golpes de pecho…»