El eterno marido

El eterno marido

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«Es posible —hasta seguro— que en T…, cuando nos conocimos, le hice una impresión extraordinaria, sí, extraordinaria hasta el punto de subyugarle. Con un ser semejante esto no tiene nada de particular. Porque en mi presencia se sentía tan insignificante, me hacía en imaginación cien veces mejor de lo que soy… Me gustaría saber con exactitud, qué era lo que en mí le hacía tanto efecto… Después de todo, puede que no fuera más que los guantes, y la manera de ponérmelos. Unos guantes son cosa más que suficiente para ciertas almas escogidas, sobre todo para ciertas almas de «eternos maridos». El resto, se lo exageran, lo multiplican por mil; y si a uno se le antojase se pegarían por uno… ¡De qué manera admiraba mis medios de seducción! Es muy posible que eso fuera precisamente lo que le hizo más efecto… Y su exclamación, el otro día: «¡También él! ¡Pero, entonces, ya no hay medio de fiarse de nadie…!» Cuando un hombre ha llegado a ese punto, deja de ser un hombre, para convertirse en menos que una bestia…»







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