El eterno marido
El eterno marido «¡Hm! Él vino a Petersburgo para «abrazarme y que llorásemos juntos», como declaraba con su aire socarrón; lo que quiere decir que venía para cortarme el pescuezo, creyendo venir para abrazarme y llorar… Y trajo a Liza consigo. Sí, eso es: si yo hubiese llorado con él, puede que, en efecto, me hubiese perdonado, pues tenía unas ganas tremendas de perdonarme. Todo ello se resolvió, desde nuestra primera entrevista, en enternecimientos de borracho, nimiedades grotescas y chillerías ridículas de mujer ofendida. Por eso vino borracho como una cuba; para poder hablar. En estado normal, seguro que nunca habría podido… ¡Y qué afición a la farsa y a todos los embelecos! ¡Qué alegría la suya cuando cometí la ridiculez de abrazarlo…! Sólo que él no sabía entonces si todo aquello acabaría con un abrazo o una puñalada… ¡Bueno; ya vino la solución! La mejor de todas, la única verdadera: el abrazo y la puñalada, ambas cosas a la vez. La solución más lógica, al fin y al cabo».