El eterno marido
El eterno marido «Fue bastante necio para llevarme a ver a su futura… ¡Su futura, santo cielo! Sólo a un ente semejante podía ocurrírsele la idea de «renacer a una vida nueva» por ese medio. Sin embargo, tuvo sus dudas; necesitaba la alta sanción de su ídolo Veltchaninov. Era preciso que Veltchaninov le asegurase que el sueño no era sueño, que todo aquello era perfectamente real… Me llevó allí porque me admiraba infinito, porque tenía una confianza sin límites en la nobleza de mis sentimientos… y ¡quién sabe!, acaso porque esperaba que allí, debajo de los árboles, nos abrazaríamos y lloraríamos juntos, a dos pasos de su casta prometida… Sí, era inevitable que alguna vez, al fin, aquel «eterno marido» se vengase de todo y para ello había cogido la navaja… sin premeditación, es cierto; pero el caso es que la había cogido… Vamos a ver, cuando me contó la historia de aquel Livtsov, ¿sería con alguna intención? «El caso es que acabó por clavarle un cuchillo en el vientre; sí señor, el caso es que acabó por clavárselo, «y en presencia del gobernador!»… ¿Tendría, efectivamente, alguna intención la otra noche, cuando se levantó y se acercó a mi cama? ¡Hm, vaya usted a saber…! Pero no, evidentemente fue para gastarme una broma. Se había levantado sin mala intención, y luego al ver que yo tenía miedo, se estuvo allí quieto, sin contestar, durante diez minutos, simplemente porque le hacía gracia que yo tuviese miedo de él… Es muy posible que en aquel momento se le ocurriera por primera vez la idea, mientras estaba allí, de pie, en medio de la obscuridad…»